El desafío de mantener el frío fuera del hogar sin que se recaliente los costos de la factura

Ayuda disponible para a cubrir costos de calefacción en el hogar
El Programa de Asistencia de Energía para el Hogar (HEAP) beneficia personas elegibles de bajos ingresos.

Cuando el invierno se instala, calefaccionar el hogar se vuelve una necesidad… y un dolor de cabeza. Entre radiadores impredecibles, corrientes de aire y facturas que no paran de subir, miles de neoyorquinos buscan el mismo equilibrio: pasar frío nunca es opción, pero pagar de más tampoco.

Cuando bajan las temperaturas y el frio hace que el termómetro se acerca a cero, la calefacción deja de ser un confort para convertirse en una cuestión de supervivencia urbana. En Nueva York, donde gran parte de los edificios tiene décadas —o incluso más de un siglo— de historia, mantener el apartamento caliente puede ser tan complejo como costoso. El problema no es solo cuánto se usa la calefacción, sino cuánta energía se pierde sin que nadie lo note.

Uno de los principales desafíos está en la estructura de los edificios. Ventanas antiguas, marcos mal sellados y paredes con poco aislamiento hacen que el calor se escape tan rápido como llega. En muchos departamentos, especialmente los más viejos, los radiadores funcionan a todo o nada: o están demasiado calientes o no alcanzan a templar el ambiente. En ese escenario, el uso de estufas eléctricas se vuelve tentador, pero también peligroso para el presupuesto.

El primer paso para no gastar de más es entender por dónde se va el calor. Las corrientes de aire en puertas y ventanas son responsables de una pérdida significativa de energía. Sellar esos espacios con burletes, cortinas térmicas o incluso soluciones temporales puede marcar una diferencia notable. No es una reforma costosa ni complicada, pero suele ser una de las medidas más efectivas para mejorar la sensación térmica sin tocar el termostato.

Otro punto clave es el uso inteligente de la calefacción. Subir la temperatura al máximo no hace que el ambiente se caliente más rápido: solo hace que el sistema trabaje de más. Mantener una temperatura constante y moderada suele ser más eficiente que encender y apagar la calefacción de forma abrupta. En los departamentos donde el control del termostato es posible, bajar apenas unos grados durante la noche o cuando no hay nadie en casa puede reflejarse en un ahorro real al final del mes.

La distribución del calor también importa. Muebles grandes frente a radiadores, cortinas largas o incluso camas ubicadas en lugares estratégicos pueden bloquear la circulación del aire caliente. Liberar esas zonas permite que el calor se distribuya mejor y evita la necesidad de aumentar la potencia. A veces, mover un sillón puede ser más efectivo que comprar un nuevo calefactor.

La humedad es otro factor poco considerado. Un ambiente demasiado seco se siente más frío, incluso si la temperatura es correcta. Usar un humidificador o colocar recipientes con agua cerca de las fuentes de calor ayuda a mantener el aire más confortable, lo que reduce la necesidad de subir la calefacción. Es una solución simple, pero muy efectiva en los días más crudos del invierno.

Para quienes viven en edificios donde la calefacción está incluida, el problema no siempre es la factura, sino el exceso de calor. Ventanas abiertas en pleno enero son una imagen habitual en la ciudad. En esos casos, regular el flujo del radiador o usar válvulas termostáticas puede ayudar a equilibrar la temperatura sin desperdiciar energía. El confort no debería implicar derroche.

En los hogares que dependen de electricidad o gas, el control del consumo es aún más importante. Revisar periódicamente la factura y comparar meses similares permite detectar aumentos anormales. Muchas veces, un pequeño cambio en los hábitos diarios —como apagar estufas auxiliares cuando no son necesarias o aprovechar mejor el calor residual— tiene un impacto mayor del esperado.

El aislamiento personal también juega un rol clave. Usar ropa térmica en casa, medias gruesas o mantas no es solo una cuestión de comodidad, sino una estrategia para reducir el uso de calefacción. En Nueva York, donde el invierno es parte de la identidad urbana, adaptarse al frío también forma parte de la vida cotidiana.

Mantener el apartamento caliente sin que la factura se dispare no depende de una sola solución mágica. Es el resultado de muchas decisiones pequeñas, sostenidas en el tiempo. Sellar, regular, distribuir mejor el calor y cambiar algunos hábitos puede transformar la experiencia del invierno. Porque en una ciudad que nunca se detiene, el verdadero lujo no es solo estar abrigado, sino hacerlo sin miedo a abrir la factura a fin de mes.

 

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