Antes de ser un restaurante en Murray Hill, Leslie fue una historia de amor.
Chef Sebastián Fernández tenía 16 años cuando empezó a cocinar profesionalmente en Chile. No terminó su formación académica por razones económicas, pero encontró en las cocinas una escuela más exigente: la del esfuerzo diario, la presión del servicio y el respeto absoluto por el oficio. Aprendió temprano que todo lo que vale la pena requiere tiempo, constancia y carácter.
Curiosamente, esas mismas reglas terminarían definiendo su relación con Leslie Ames.
Se conocieron cuando él frecuentaba el café que ella manejaba. Primero fue admiración, luego complicidad, después sociedad. Con el tiempo, la relación personal se convirtió en alianza creativa. Juntos abrieron restaurantes en Miami, celebraron éxitos y enfrentaron los desafíos inevitables de emprender en pareja. Ahora, en Nueva York, el proyecto lleva su nombre: Leslie. No es marketing; es declaración.


“Las responsabilidades se dieron de forma natural”, explica Chef Fernández. Ella domina el frente de sala, el trato con el público, el ritmo del salón. Él habita la cocina, el espacio donde el fuego y el silencio imponen sus propias reglas. Como en cualquier relación que funciona, no compiten: se complementan.
Esa dinámica se siente en el restaurante. Leslie no grita; acoge. El espacio es cálido, sin pretensiones excesivas, como si la intención fuera replicar la intimidad de una mesa compartida más que impresionar con espectáculo. Aquí, la cocina es el lenguaje.
Chef Fernández, reconocido entre los “Sixty Best Chefs in America” por el Food Network Wine & Food / SOBE Festival, ha vivido experiencias que pocos cocineros alcanzan. Cocinar para Barack Obama en Martha’s Vineyard, por ejemplo, le enseñó que la verdadera sofisticación no está en el protocolo, sino en el detalle. “Todos son VIP”, repite. Y esa filosofía tiene mucho que ver con el amor: hacer sentir especial a quien se sienta frente a ti, aunque el mundo alrededor esté lleno de ruido.


El menú habla el mismo idioma emocional. Los deviled eggs inspirados en la receta de su abuela no son nostalgia gratuita; son memoria afectiva. La pasta hecha a mano diariamente no es solo técnica; es dedicación repetida con intención. El smash burger, lejos de ser simple, es confort compartido. En Leslie, los platos no buscan deslumbrar, buscan conectar.
Nueva York no es una ciudad fácil para las relaciones. Tampoco para los restaurantes. Empezar de cero en un mercado feroz implica vulnerabilidad. “Lo más difícil es comenzar sin que nadie te conozca”, admite el Chef Fernández. Pero quizás ahí reside el paralelismo más claro: como en el amor, cada día hay que volver a conquistar.
San Valentín, inevitablemente, pone esa idea bajo lupa. Mientras muchos apuestan por fórmulas previsibles, Chef Fernández prefiere mantenerse fiel a su identidad: producto protagonista, ejecución clásica, sin artificios. Ostras, mariscos, carnes bien hechas. Romance sin exageración. Porque, al final, la seducción más duradera no está en el espectáculo, sino en la autenticidad.


Trabajar en pareja durante más de una década no es casualidad. Requiere comunicación, paciencia y claridad en los roles. “La chispa se mantiene hablando mucho y respetándonos”, dice Chef Fernández. En la cocina —como en una relación— hay fuego, presión y química. Y sí, lo personal inevitablemente termina en el plato: en el cuidado, en la energía, en el detalle invisible que transforma una comida en experiencia.
Si alguien se llevara una sola impresión después de cenar en Leslie, Chef Fernández espera que sea coherencia. Que sientan que detrás de cada plato hay una historia compartida, una sociedad que funciona y una convicción firme de que la simplicidad bien hecha nunca pasa de moda.
En Murray Hill, Leslie no es solo un nuevo restaurante. Es la prueba de que algunas de las mejores recetas —como las mejores relaciones— se construyen con tiempo, respeto y fuego constante.



















